2012 año vocacional

 

 

Glicerio Landriani

          escolapio para siempre

    

¿Para siempre?

No es fácil que, en nuestros tiempos, alguien pueda decir conscientemente que asume un compromiso para siempre.
Involucrarse noblemente en una ONG para trabajar por una causa altruista, filantrópica o ecológica durante algunos años… es fácilmente creíble.
Pero que alguien diga firmemente “para siempre”… despierta dudas.
¿Será posible?
 

 

    Si nuestra historia se refiere a un personaje que vivió hace cuatrocientos años cualquiera podría decir: “las circunstancias han cambiado mucho”, “eran otros tiempos”, “en esa época sí había gente comprometida de verdad”.

Te invito a conocer estas pinceladas de la vida de Glicerio Landriani. Un joven italiano con el corazón lleno de ilusión, esperanza, alegría y entrega. Un joven normal, con limitaciones, confusiones y errores. Un joven intrépido que no perdió la oportunidad de embarcarse valientemente en aquel proyecto que no le garantizaba seguridades. Sin embargo, él supo correr el riesgo porque hizo caso a su corazón que latía con fuerza cuando se acercaba al misterio de una vida completamente distinta a la que toda la gente tenía.
 

El primer álbum de su vida


 
  El 1º de marzo de 1588 nació, en Milano, el tercero de los ocho hijos de Orazio Landriani y Anna Visconti. Ella era pariente de San Carlos Borromeo, un gran pastor que había luchado por la reforma de la Iglesia y había procurado la formación de un clero culto, una mayor conciencia moral y educación para los pobres.


El pequeño llegó al mundo con una salud poco afortunada por lo que el mismo médico del parto lo bautizó al instante de nacer.
De su infancia hay pocos datos. Sabemos que a los diez años quedó huérfano de padre. De su adolescencia hay quienes hablan de devociones y se sabe que se fue a Bologna con su tío Mons. Marsilio para estudiar Filosofía, Teología y Derecho. El tío, como se puede leer en algunas cartas que los historiadores han encontrado, expresó la admiración que sentía por la piedad del sobrino.


En 1607 fue a Roma para finalizar sus estudios de Teología. Para ese tiempo ya había iniciado su camino hacia el sacerdocio con el entonces acostumbrado rito de la tonsura y había obtenido el título de abad comendatario de San. Antonio di Piacenza. Justo aquí comienza lo más valioso de su historia.

Confusión sobre confusión


    En aquella época había una gran cantidad de sacerdotes, lo cual parece una buena noticia. Si embargo, la falta de una formación esmerada para los que querían servir al Pueblo de Dios traía como consecuencia la “producción” de pastores mal preparados y mal seleccionados.
¡Pobre Glicerio! Buscaba una orientación en los momentos difíciles de su vida y se encontró con un “orientador” completamente desorientado. Francisco Méndez era un sacerdote que se dedicaba a complicar las cosas y estaba más loco que una cabra. Celebró alguna misa que duró 26 horas y enfrentó un juicio en tribunales de México debido a sus extravagancias.

Glicerio se encontraba orando en el templo de Sta. María de la Oración y de la Muerte, en Roma, cuando hizo su aparición el padre Francisco Méndez, quien se presentó como alguien enviado por Dios para el socorro de las almas. Nuestro amigo se lo creyó todo y pensó que había descubierto su vocación, así que dejó todo, se despidió de su familia y se puso en las manos de ese loco para que lo “guiara” en su camino. Afortunadamente, este loco fue exiliado y Glicerio encontró algo mucho mejor.

 

Dos luces en su vida


   
Venturosamente, en la vida hay personas que son capaces de orientarnos, de darnos buenas ideas, de iluminarnos el camino.
Para Glicerio hubo principalmente dos personas portadoras de luz. Uno de ellos, Fray Domenico Ruzzola, fraile carmelita culto y bondadoso, superior del convento de Sta. Maria della Scala, encargado por el papa Paulo V para ayudar desde ahora a Glicerio. Gran parte de esta orientación estaba inspirada en las aportaciones de Sta. Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, un par de reformadores audaces, con una fe profunda y un sentido muy práctico de la vida.


El otro portador de luz fue, ni más ni menos, el padre José Calasanz, el que encontró el modo definitivo de servir a Dios en los niños pobres y ya no lo cambió por nada del mundo, el que se desvelaba preparando de rodillas las plumas que utilizarían los niños al día siguiente, el que fundó las Escuelas Pías para educar a los pobres en Espíritu y Letras.


Gracias a Calasanz se abrió un nuevo horizonte para la generosidad del joven Glicerio, quien muy pronto aprendió la lección del fundador de las Escuelas Pías: La entrega total a la educación de los pequeños es, en sí misma, si se hace con el Espíritu del Evangelio, una entrega total al Padre de todos los niños.

 

El primero en la vocación escolapia

El 31 de mayo de 1612, después de reflexionarlo en ejercicios espirituales, Glicerio ingresó al grupo que más tarde se convertiría en la Orden de las Escuelas Pías.  A los cuatro meses escribió a su pariente, el cardenal Federico Borromeo- Me encuentro en las Escuelas Pías, donde concurren cerca de ochocientos niños y jóvenes... Ahora espero que el Señor quiera servirse de mí para esta obra suya, la cual es tan importante que me sorprende, porque estos hijos de los pobres, que solían andar por las plazas sin ningún freno de temor de Dios, dándose en prenda a cada deshonestidad de palabras y de actos horrendos, ahora se retiran del ocio y del mal y con la ayuda divina se ocupan en ejercicios y por el espíritu en el conocimiento de la doctrina cristiana. Cinco años después recibió el hábito escolapio para iniciar su noviciado, donde el padre Pedro Casani sería su maestro.


Dentro de las Escuelas Pías se dedicó con esmero a la educación de los pequeños y a guiarlos en la Oración Continua, esta original práctica que hasta hoy se realiza en las escuelas escolapias. Solía poner como ejemplo de vida para los pequeños a los niños mártires y la imagen del niño Jesús. Con los alumnos más grandes trabajaba la literatura como un medio para abrir horizontes culturales y para invitarlos a conocer el asunto de la reforma.


Entre semana trabajaba en la escuela. Los domingos y días festivos se dedicaba a impartir catequesis en las parroquias. Tanto en la escuela como en las parroquias se convirtió en un excelente catequista que, lejos de hacer unas sesiones aburridas o superficiales, incorporaba cantos, movimientos, salmos y oraciones para que los niños se interesaran por el aprendizaje de la doctrina, principalmente por la Palabra de Dios. Y, como buen educador, no se limitaba a los temas de la doctrina sino que su labor se extendía a la adquisición de nociones culturales, de lengua escrita y cálculo.


En las parroquias no solamente trabajaba con los niños. Consciente de la gran necesidad de preparar a los catequistas, dedicaba tiempo y esfuerzo a la formación de los laicos que se involucraban generosamente en este servicio. Para esto realizaba una labor itinerante a fin de atender muchos sitios de Roma. Solamente en San Adriano, por poner un ejemplo, atendía a 30 catequistas y a 400 niños y niñas.


La primera escuela que Calasanz abrió fuera de Roma fue la de Frascatti, donde se conserva la imagen de la Virgen de las Escuelas Pías. Para esta fundación se llevó a Glicerio pero, al poco tiempo, se hizo una gran fama y la gente lo buscaba mucho para que asistiera a sus enfermos. Tanto lo buscaban y tan bueno era en estos servicios que el fundador lo tuvo que enviar nuevamente a Roma para que no lo distrajeran de su misión principal en la escuela.
 

Como ángeles custodios

Una de las prácticas típicas de las Escuelas Pías, en los primeros tiempos, consistía en acompañar a los niños a sus casas. La principal razón de este “primitivo autobús escolar” era la protección de los niños ante los peligros que pudieran encontrarse en las calles.Dicen que en la antigua Grecia había unos esclavos que se dedicaban a acompañar a los niños de la casa a la escuela y al regreso. Estos esclavos se llamaban pedagogos.


Glicerio fue un auténtico pedagogo en ambos sentidos: fue un personaje bastante entendido y diestro en los asuntos de la educación y se dedicó durante su vida de escolapio a esta labor tan noble de llevar la fila de niños a sus casas cuando las clases ya habían terminado.
En más de alguna ocasión, el fundador de las Escuelas Pías exhortó a los escolapios para que realizaran esta labor humilde y generosa de acompañar a los niños como sus ángeles custodios. Seguramente que cuando lo escribía pensaba en Glicerio, el inventor de esta práctica.
 

Amor sin límites


   
La entrega tan generosa y apasionada de Glicerio no era para un rato. Él tenía clarísima su decisión: ser de Cristo para siempre, tener a Dios como lo más valioso entre todas las cosas. Una de las características más importantes de la vocación de Glicerio fue su pobreza. Esto contrastaba con la opulencia que vivían en Roma la mayoría de los pastores de la Iglesia. La humildad, una de las principales cualidades de quien pretende seguir a Cristo, no era muy apreciada en esos ambientes.


Cuando la Congregación Paulina de las Escuelas Pías se convirtió en la Orden de las Escuelas Pías, lo que más interesó a Glicerio fue el tema de la pobreza. En aquella ocasión preguntó a Calasanz si el papa había aprobado la norma de suma pobreza y, al obtener la respuesta favorable a su inquietud, tomó el documento, se lo puso en la cabeza y salió brincando y gritando lleno de alegría: ¡Suma pobreza! ¡Suma pobreza! La pobreza era el medio para tener el corazón desligado de bienes materiales y así entregarse en total libertad a Dios, a los niños y a la reforma de la sociedad.


Muchas personas que lo conocieron dejaron testimonios acerca de las virtudes de Glicerio. Se reunieron muchos comentarios acerca de su caridad ante los pobres, de su desprendimiento, de su capacidad de quitarse hasta los zapatos para compartir con alguien que carecía de lo necesario para vivir. Hubo quien lo vio atender a los enfermos con mucha paciencia, sin miedo y sin asco, asistiéndolos en las labores más difíciles que a veces hay que realizar con ellos. Cuando ejercía de abad pasaba muco dinero por sus manos, pero él no se dedicó a acumularlo para sí mismo sino a ponerlo al servicio de los demás, porque él creía firmemente que los bienes eran bendiciones de Dios para compartirlas con los hermanos. Su caridad no tenía límites.

Cuando entró a formar parte de las Escuelas Pías ya no se dedicó a dar limosnas a los pobres sino a trabajar intensamente, con la entrega total de su propia vida, por la liberación de los pobres. Los niños de Roma que no tenían escuela, gracias a ésta, ahora tendrían la oportunidad de prepararse y lograr así una vida digna. La auténtica caridad no consiste en hacer algo por los pobres, sino con los pobres.
 

El fruto maduro cayó


   
Fue entonces, desde los primeros años de su camino para ser escolapio, que se le manifestó una grave enfermedad. Tenía 30 años, una salud muy débil y el corazón dispuesto a entregarse por entero a la educación de los niños más pobres en las Escuelas Pías.
La débil condición de su organismo no le dio para más.


La medicina europea de esa época era muy rudimentaria. Muchos de los remedios que los médicos aplicaban a los enfermos solían causar más daño y dolor en lugar de curar. Durante su enfermedad vivía todas las incomodidades y dolores con valor. Pedía que le leyeran libros de temas espirituales y, en lo peores momentos, invitaba a los que lo acompañaban a tener paciencia.


Cuando se puso grave pidieron al párroco vecino que le diera la unción de enfermos. Calasanz informó al papa y le pidió que concediera a Glicerio su último deseo: emitir la profesión de votos solemnes. Y así sucedió: Glicerio fue el primer escolapio en emitir la Profesión Solemne en la Orden de las Escuelas Pías. Un dato muy importante de la vida de Glicerio es que supo pedir perdón. Efectivamente, al final de su vida, cuando se dio cuenta de qué modo dejaba este mundo y hacía un resumen de todo lo que había vivido, pidió perdón por sus excesos. Su débil salud no era para las penitencias excesivas que se acostumbraban en esa época.


El padre José, a quien siempre pedía permiso cuando quería salir, le pidió que no se fuera al cielo sin su permiso.
Glicerio murió durante la noche del 15 de febrero de 1618 en el noviciado de Montecavallo, a la misma hora en la que el P. José escuchó que alguien tocaba su puerta y, recordando la voz de Glicerio cuando le pedía permiso de salir, lo bendijo diciéndole: “Sí, ve pronto, descansa. Dios te bendiga. Intercede por mí ante el Señor”. Hasta nuestros días, en la puerta de la habitación de Calasanz en San Pantaleo, una placa explica esta anécdota que el santo dejó como testimonio.


El papa Pío XI declaró la heroicidad de sus virtudes y le concedió el título de venerable. La iniciativa para conseguir este reconocimiento fue del mismo fundador de las Escuelas Pías. Calasanz, que siempre lo apreció y lo admiró, recurrió a su ejemplo para exhortar a los suyos y lo consideró un profeta ya que anunció la bendición de Dios sobre las Escuelas Pías en tiempos de fuertes dificultades. Muchos escolapios siguieron refiriéndose a él como un gran religioso, enamorado de Dios, el padre abad, ejemplo a seguir, experto navegante y, finalmente, como el Venerable Glicerio de Cristo, el primero en la Vocación Escolapia.
 

¿Qué nos deja Glicerio?


    Cuatrocientos años después de ese 31 de mayo de 1612 hay jóvenes, en diferentes países de cuatro continentes, que son capaces de comprometerse como lo hizo Glicerio, con todo el corazón, sin reservarse nada, para siempre. Las virtudes de Glicerio y su respuesta al llamado del Señor tienen mucho que decir a los jóvenes de cualquier época y de cualquier lugar. Niños pobres, niños abandonados, niños que necesitan educación, amor, una bendición y una Buena Noticia… los hay en cualquier sitio. Es ahí donde el Señor llama hoy.
 

Sugerencias para la oración


     Leer y reflexionar: Isaías 58, 6-10; Salmo 37, 3-11 y Mt. 25, 31 – 46.
Que el ejemplo de Glicerio nos ayude a detenernos en nuestra vida cotidiana, que nos haga sensibles a las necesidades de nuestros hermanos más pequeños, que nos impulse a una entrega generosa y nos llene de esa total alegría que solamente se experimenta cuando somos capaces de amar hasta el extremo y para siempre, como Jesús, como Calasanz, como Glicerio Landriani, el primero en la vocación escolapia. Amén.

   

Fuente principal:
De Marco, Leonardo (2000). L' abate Glicerio Landriani. Studio: Roma.
Imagen de Glicerio con niños:
Gustavo Estorino, 1960. San Pantaleo, Roma.