Encuentro - Octubre 2012

 

La vocación

    El señor tiene un llamado para cada uno de nosotros como hijos suyos. Estamos llamados a ser Santos. Dios nos dio una Gracia muy grande al enviar a su único Hijo para salvarnos. Cristo Jesús vivió como como cualquiera de nosotros, como tú o yo. Se hizo hombre con la finalidad de comprendernos mejor, para hacernos saber que es posible caminar por el sendero de Dios. Jesús es para mí un gran ejemplo a seguir. No creo que yo sea capaz de andar por sus mismos caminos, pero si Él me ayuda y lo dejo que me ayude, Él dijo que podré hacer cosas aún más grandes que las que Él hizo en la tierra.

    Es difícil tomar la decisión de entrar a la vida consagrada, llamada Vida Religiosa, pero cuando sientes el toque de Dios en el corazón es muy sencillo actuar y tomar el camino que Él te ha dado. Hay ocasiones que se hace difícil caminar con el Señor porque no me dejo ayudar por Él.

    Dios quiere participar plenamente en la vida de todos, quiere participar en mi vida. A veces, sin embargo, hay un problema que evita que actúe. Hay un problema entre lo que yo quiero y lo que quiere Dios. Esto implica que, para hacer su voluntad, tengo que confiarme en las manos del Padre y a veces eso es negarme a mi mismo, reconociendo primeramente que Dios sabe lo que me conviene. Él cuenta conmigo y contigo para poder lograrlo.

    Mi vocación al servicio de los hombres (varones y mujeres), fue una llamada del corazón. Yo me negaba, decía: no, no, esto no es para mí, quiero tener una familia, pero en los planes de Dios estaba otra cosa: me ha llamado al sacerdocio. Es una gran responsabilidad. No es como trabajar en una fabrica o empresa, no es así, es más que eso. Es trabajar por la salvación de muchas personas, instruyéndolas, consolándolas y amándolas como Dios nos ama.

    No nos neguemos a la voluntad de Dios. Jesús nos invita a dejarnos guiar por Él, que conoce nuestras fuerzas y todo lo puede cuando nos abandonamos a su voluntad.

Ama, porque Dios te ama y quiere que amemos como Él nos ama.

                          

                         José Guadalupe García Jasso Sch.P.

 

 

UNA VOCACIÓN AL AMOR

Primera Parte

«Dios ha guardado mi alma de pecado mortal; pero

no es eso lo que me eleva a él…aunque hubiese
cometido todos los crímenes posibles, seguiría
teniendo la misma confianza en Dios: sé que toda
esa multitud de ofensas sería borrada como una
gota de agua arrojada en un brasero encendido»1.
 

Éstas son algunas de las últimas palabras que Santa Teresa de Lisieux pronunciaba al término de su vida o mejor dicho, casi al inicio de la eterna. En esta frase, la santa expresa con palabras cuán Amada se siente y cómo ella responde a ese Amor: con un abandono total a la bondad de Dios. Estoy seguro que no es lo que ella hace, confiar y amar, lo que la justifica, sino la gracia que recibe de ser Amada. Esta frase es importante para mí porque me hace reflexionar en que todo lo que poseo, cuanto recibo, mi vocación… me es dado por un acto de Amor que el Señor tiene conmigo.

   

¿Qué clase de Amor es ése? No lo puedo comprender, ni decir, sólo sentir, me siento llamado a vivirlo y compartirlo. Por ahí he de empezar cada mañana mi jornada, reconociendo que vivo porque soy Amado y por tanto, tengo una misión que cumplir: “Vivir el momento presente en plenitud”. Sin embargo, dice la santa, no se trata de lo que se hace sino del Amor con que se hace. Ya lo ha explicado San Pablo.

Fue en el noviciado cuando leí por vez primera algo relacionado con la vida de Sta. Teresa de Lisieux y me emocionó profundamente su sencillez y simplicidad, descubrir que ella buscaba la santidad no por medio de maceraciones o prolongadas penitencias o en cosas extraordinarias, sino en la fidelidad a sus pequeñas obligaciones, en el silencio, en la obediencia, en la pobreza, en la oración, en la caridad, en no quejarse... sus

sacrificios no consistían más que en dominar su propia voluntad; ella misma decía: “Yo no busco la gloria. La única cosa que nadie envidia, es el último lugar. Sólo este último lugar no es vanidad”.

 

Todo esto hace un llamado fuerte a mirar mi propio interior, me confronta y pide que advierta de qué cosas está lleno mi corazón, cuáles deben ser cambiadas y pedir la gracia del Señor para no perder, sino conservar las buenas. Me pregunto ¿Qué clase de Religioso soy ahora y cuál es el modelo al que debo adherirme? Al de Jesús ciertamente. Para esto debo escucharle, romper mi propio yo y descender hasta lo más profundo de mi corazón y prestar atención. Así es, dejarme mirar por él. Dejarle reconstruir mi corazón herido por el pecado. Sabe el Señor lo más íntimo que hay en mí; reconozco mis tropiezos, él los borra. Soy hijo suyo, modelado por sus manos, pero un ser humano, caído por el pecado. Él me dice: Yo soy tu Salvador, tu eres importante para mí, vales mucho a mis ojos, te Amo.

continuará...

José Luis Saucedo Martínez Sch.P.

¿Poblano o Tlaxcalteca?

    Hola, ¿cómo estás? Yo muy bien y espero que tú estés de maravilla. Quiero compartirte algo que llevo en mi corazón. Soy tlaxcalteca porque ahí viví durante 20 años, pero el lugar que me vio nacer fue la ciudad de Puebla. A ella le guardo mucho cariño, no sólo porque ahí nací, sino que es donde nació en mí la inquietud a la vida Religiosa y Sacerdotal. Déjame contarte.

    Cuando tenía catorce años, a mi mamá la invitaron a un retiro, ella le comentó a mi papá y lo convenció de ir. Reconozco que al principio yo no quería ir, fui a la fuerza. Poco a poco me fue gustando… terminé enamorado y empapado de Dios. No sé ni cómo fue, ni yo mismo hasta hoy puedo explicar cómo me sedujo Dios.

    Ya enamorado de Jesús, busqué parroquias allí en Puebla para integrarme a un grupo juvenil. Como a mí siempre me ha gustado la música -¿a qué joven o muchacha no le gusta la música, verdad?-, me integré en un coro para cantar las misas. El coro se llamaba “Misioneros de la Paz” y estaba formado por chavos de mi edad, todos buena onda. Cantábamos en misas, animábamos convivencias, retiros y una que otra reunión de compartir. Lo más padre fue cuando fuimos invitados a participar para animar un retiro masivo, ¿te imaginas cantar frente a 2000 personas?

    Luego de un tiempo, el grupo llegó a su fin. Para seguir sirviéndole a Jesús, busqué otras formas de estar en la Iglesia. Fui a muchos lugares y en todas partes muchos sacerdotes me decían: ¿Por qué no ingresas al seminario? Decían que si tenía ganas de servirle a Dios, lo más idóneo era que fuera en el seminario. Yo hasta ese momento no había considerado muy enserio esa posibilidad, aunque en ciertos momentos ya lo había pensado. Fueron muchas las personas que me hicieron considerar más profundamente la idea de ser sacerdote. Ahora entiendo que Dios va trazando un camino para cada uno de nosotros. Dios me condujo hasta esta familia grande y maravillosa que es la Escuela Pía.

    Yo estudié la primaria en el instituto José María Morelos, de Chiautempan y aún tengo gratos recuerdos de esa etapa. Me formé tanto en la piedad como en las letras y estoy profundamente agradecido con la orden, que me admitió hace poco más de un año y me está formando para ser en el futuro un buen Escolapio.

    Ahora soy novicio, pero siendo todavía prenovicio me enviaron a la comunidad de Puebla a conocer lo que hacen los Escolapios en esa comunidad. Me puse muy contento cuando el P. Paco (mi maestro) me dijo dónde iría. Fue maravilloso el recibimiento que me dio la comunidad, el colegio Carlos Pereyra, la Escuela Calasanz, y los Hogares Providencia de Puebla.

    Le agradezco a las maestras, las mamás catequistas, los alumnos, personal de pastoral. No necesitaron decirme muchas palabras para demostrarme que era yo bienvenido, bastó su sonrisa, su amabilidad, estrechar su mano y su hombro en un saludo y un abrazo. No cabe duda que cuando se ve con los ojos físicos se ve algo muy bonito, pero cuando se observa con los ojos del corazón se ve lo que hay dentro de las personas.

    Mando un saludo muy afectuoso a la señora Marisol Zanata (mamá y catequista del Pereyra) a los alumnos del tercer semestre: Juan Pablo, Álvaro y Dayana; a la señora Elena y al señor Hugo, del equipo de pastoral, y por supuesto a los religiosos de la comunidad de Puebla. Ánimo, nunca dejen de sonreír, no dejen que nada ni nadie les quite la felicidad. Todos somos seres humanos y a todos DIOS nos ama.

 

Eder Rugerio Vásquez, novicio

 
 
 
Ir de pesca con Moisés puede ser TODO un reto...