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“Mi vida en el internado de Allela” P. Manuel Arcusa Castellá Tres años duró la germinación de la semilla vocacional en el internado. Aquel 1929 era el último curso para los juniores escolapios de Catalunya, que terminaban en Alella sus estudios y formación básica. Yo entonces desconocía tal circunstancia, pero aquella ignorancia mía no impidió para que fuera influido por su ambiente. Algunos de aquellos jóvenes nos daban clases; el P. Jaime Massaguer, que no había sido ordenado todavía, era el director de los internos. Era un ambiente muy escolapio. Todo el personal que nos trataba era religioso: desde el Rector P. Juan Batllori, al Hno. Pere Forcada cocinero, el Hno. Ramón Puigdomenech enfermero, el encargado de la huerta Hno. Quirce, el jardinero Hno. Celestino Miquel (verdadero artista con las plantas y los arreglos florales), el Hno. Pedro, el sastre cubano y todos nuestros profesores... Su influencia era muy fuerte. Los internos asistíamos a Misa diaria en la capilla de abajo, la de la familia Borrell, en cuyas paredes se podían admirar unos cuadros preciosos que representaban los cinco misterios gozosos del Rosario. Desde mi primera Comunión frecuenté los Sacramentos, confesando regularmente y comulgando diario, en la Misa que con frecuencia ayudaba en el servicio al altar. Me había aprendido de memoria las respuestas en latín. "Ad Deum qui laetificat juventutem meam..." - Contestaba yo sin comprender lo que decía. Tanto las instalaciones del internado como las del calasanciado eran recién construidas, limpias y gozábamos de recámaras individuales. Con la pequeña familia de doce internos que integrábamos nuestro grupo nos desplazábamos por escaleras de caracol, salones de cristal, puentes, surtidores y jardines muy bien cuidados. Todo ello construido sobre el fantástico edificio, a manera de castillo de hadas con salones tapizados de seda de distintos colores, espejos del suelo al techo, lámparas de bronce o de cristal de Murano, galerías y museos de curiosidades, rodeado de hermosos jardines con jarrones y estatuas de piedra, refrescados por fuentes, cascadas y surtidores de agua en juegos variados y fascinantes. Todo ello lo había heredado D. Antonio Borrell hacía poco a los religiosos escolapios. En verdad aquel conjunto se antojaba un país de ensueño. Nuestras vidas enteras transcurrían, con sus actividades escolares en un ambiente sugestivo y fabuloso, en el que se respiraba el espíritu calasancio. Era un nuevo concepto de colegio, en el que daba gusto estudiar. El sistema de calificaciones era a base de letras, no con cifras como ahora, y nuestro calendario escolar era también muy diferente del actual. De lunes a sábado teníamos clases, con la interrupción del jueves. Ese día, a media semana, por la mañana teníamos actividades manuales, caligrafía, dibujo... Yo era muy feliz en el internado, cosa que extrañaba a mamá, porque yo creo que ella pensaba que sentiría nostalgia de la familia o que echaría en falta la ciudad. Cuando en mis vacaciones mamá me interrogaba sobre mis planes de futuro, yo le contestaba sinceramente que me gustaría ser granjero. Creo que esto la tranquilizaba. En verdad, me agradaba mucho la vida del campo, el contacto con la naturaleza, aunque en aquellas edades entre los diez y doce años no eran estos pensamientos los que llenaban mi mente. Diariamente veía yo de lejos a los calasancios, instalados en el piso de arriba sobre el internado. Aunque no nos tratábamos, porque ellos lo tenían prohibido y llevaban actividades completamente aparte. Yo les preguntaba al Hno.Ramón, al P.Laureano Perecaula, mis principales confidentes... interesándome por ellos. Me intrigaba su vida y su futuro. Y comencé a inquietarme e ilusionarme. Continuará…
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Baile de columnas Traslada al tablero las columnas que aparecen en la parte inferior de la hoja, de forma que vaya completando palabras. Una vez finalizado, podrás leer un pequeño fragmento del Memorial que escribió José de Calasanz al Cardenal Tonti para aceptar la erección de la Orden de la Escuelas Pías así como la misión del educador escolapio. ¡Ánimo!. Pistas: entre palabra y palabra hay una casilla en negro, excepto al final que podrá haber varias casillas en negro seguidas. Ya se han colocado algunas letras que también pertenecen a las columnas.
Una vez una persona andaba buscando a Jesús, y alguien más le comentó a aquel que tenía reservado un lugar en el reino de Dios especialmente preparado por Jesús. Por lo que aquel se puso en marcha para encontrar al Señor y preguntarle sobre qué es lo que tenía que hacer para llegar a esa morada preparada para Él. Averiguando acerca del paradero de Jesús, se enteró que había ido al bosque… fue corriendo rápidamente y atravesando el bosque en medio de espinos y maleza…al fin llegó. Y se encontró con el mismísimo Señor Jesús, que estaba preparando las cruces para cada uno de sus amigos, antes de que partiera hacia su casa, a fin de disponer un lugar para cada uno. - ¿Qué estás haciendo? – le preguntó el joven al Señor - Estoy preparando a cada uno de mis amigos la cruz con la que tendrán que cargar para seguirme y así poder entrar en mi Reino. - ¿Puedo ser yo también uno de tus amigos? – volvió a preguntar el muchacho - ¡Claro que sí! – le dijo Jesús. Es lo que estaba esperando que me pidieras. Si quieres serlo de verdad, tendrás que tomar también tu cruz y seguir mis huellas. Porque yo tengo que adelantarme para ir a prepararles un lugar. - ¿Cuál es mi cruz Señor? - Esta que acabo de hacer. Sabiendo que venías y viendo que los obstáculos no te detenían, me puse a reparártela especialmente y con cariño para ti. La verdad que muy, muy preparada no estaba. Se trataba prácticamente de dos troncos cortados a hacha, sin ningún tipo de terminación ni arreglos. Era una cruz de madera dura, bastante pesada y sobre todo muy mal terminada. El joven al verla pensó que el Señor no se había esmerado demasiado en preparársela. Pero como quería realmente entrar en el Reino, decidió cargarla sobre sus hombros, a lo largo del camino, con la mirada en las huellas del Maestro. Apenas cargó la incómoda cruz, hizo también su aparición el diablo. Como es su costumbre hacerse presente en estas ocasiones. Pues en aquella circunstancia, no fue la excepción. Porque donde anda Dios, allí mismo el diablo anda. El diablo le gritó al joven, quien ya se había puesto en camino. - ¡te olvidaste de algo! Extrañado por aquella llamada, miró hacia atrás, y vio al diablo muy atento, que se acercaba con un hacha en la mano para entregársela. - pero ¿cómo? ¿también tengo que llevarme el hacha? – preguntó molesto el muchacho - no sé – dijo el diablo haciéndose el inocente. Pero se me hace que es conveniente que te la lleves por lo que puedas necesitar en el camino. Por lo demás, sería una lástima dejar abandonada una hachita tan linda. La propuesta le pareció tan buena, que sin pensar demasiado, tomó el hacha y reanudó su camino. Duro camino. Por varios motivos. Primero y sobre todo, por la soledad. Él creía que lo haría con la visible compañía del Maestro. Pero resulta que se había ido, dejando sólo sus huellas. Siempre la cruz encierra la soledad; y a veces la ausencia que más duele en este camino es la de no sentir a Dios a nuestro lado. Algo así como si nos hubiera abandonado. El camino también era duro por otros motivos. En realidad no había camino. Simplemente eran huellas por el monte o por abrojos y esteros. Hacía frío en aquel invierno y la cruz era pesada. Sobre todo era molesta por su falta de terminación. Parecía como que los salientes se empeñaran en engancharse por todas partes a fin de retenerlo. Y se le incrustaban a la piel para hacerle más doloroso el camino. Una noche particularmente fría y llena de soledad, se detuvo a descansar. Depositó la cruz en el suelo, y viendo el hacha pensó muy decididamente sobre el uso de tal instrumento que le había recomendado el diablo. Así que se puso a arreglar la cruz. Con calma y despacito le fue sacando los nudos que más le molestaban, suprimiendo aquellos muñones de ramas mal cortadas, que tantos disgustos le estaban proporcionando en el camino. Y consiguió dos cosas: primero mejorar el madero, y segundo, se proveyó de un montoncito de leña que le vino como mandado a pedir para prepararse un fueguito con el que calentar sus manos heladas. Esa noche durmió tranquilo. A la mañana siguiente reanudó su camino. Y noche a noche su cruz fue siendo mejorada, pulida por el trabajo que en ella iba realizando Mientras su cruz mejoraba y se hacía más llevadera, conseguía también tener la madera suficiente para el fueguito de cada noche. Casi, casi, se sintió agradecido hacia el diablo que le había hecho traerse el hacha consigo. Después de todo había sido una suerte contar con aquel instrumento que le permitía hacer el trabajo sobre su cruz. Estaba satisfecho con la tarea, y hasta sentía un pequeño orgullo por su obra de arte. La cruz tenía ahora un tamaño razonable y un peso mucho menor. Bien pulida, brillaba a los rayos del sol, y casi no molestaba al cargarla sobre sus hombros. Achicándole un poco más, llegaría finalmente a poder levantarla con una sola mano a manera de estandarte, para así identificarse ante los demás como seguidor del crucificado. Y si le daban tiempo, podría llegar a acondicionarla hasta el punto que llegaría al Reino con la cruz colgada de una cadenita al cuello como un adorno sobre su pecho, para alegría de Dios y testimonio ante los demás. Y consiguió su meta, es decir, sus intereses, porque para cuando llegó a las murallas del Reino, se dio cuenta de que gracias a su trabajo, estaba descansado y además podía presentar una cruz muy bonita, que ciertamente quedaría como recuerdo en la casa del Padre. Pero no fue tan sencillo. Resulta que la puerta de entrada al Reino estaba en lo alto de la muralla. Se trataba de una puerta estrecha, además de ubicarse a una altura imposible de alcanzar. Llamó a gritos, anunciando su llegada. Y desde lo alto se le apareció el Señor invitándolo a entrar. - Pero, ¿cómo Señor? No puedo. La puerta está demasiado alta y no la alcanzo. - Apoya la cruz contra la muralla y luego sube a través de ella utilizándola como escalera – le respondió Jesús. Yo dejé a propósito los nudos para que te sirvieran de escalinatas. Además tiene el tamaño justo para que puedas llegar hasta la entrada. En ese momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz recibida había tenido sentido, y que de verdad el Señor la había preparado bien. Sin embargo, ya era tarde. Su pequeña cruz, pulida y recortada, le parecía ahora un juguete inútil; era muy bonita pero no le servía para entrar. El diablo había resultado mal consejero y peor amigo.
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«El origen de las Escuelas Pías se remonta a una pequeña Parroquia llamada Santa Dorotea, ahí se impartían clases a los niños que vivían cercanos a ella, san José de Calasanz conoce esta “escuela” y tiene la idea de que se tiene que educar a los niños, pero principalmente a los más pobres». «Después de mucho tiempo y a pesar de las dificultades, José de Calasanz se convierte en el fundador de una Orden llamada de las Escuelas Pías, cuyo lema principal es Piedad y Letras encomendada bajo la protección de la Virgen María». «En este año estamos celebrando los 450 años del nacimiento del patrono universal de las Escuelas Populares Cristianas y amigo de los niños y jóvenes». Rellena el crucigrama con las palabras en negrita y cursiva, teniendo en cuenta el número de letras y su concordancia con una de las ya colocadas abajo. Éxito.
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