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La pastoral vocacional se parece a la Eucaristía… ¿en qué se parecen?

Francisco Anaya Walker, Sch. P.

Eucaristía del 28 de diciembre de 2006

en el Precapítulo de la Provincia de México

 

Tal vez a veces con torpeza de principiantes, pero con esmero innegable, hemos colaborado muchos hermanos de esta provincia en la cooptación vocacional durante cinco años. Como San Bernardo de Claraval nuestra oración de hoy podría decir: “no tanto como debo, pero no menos de lo que puedo”. 

Ante todo la Eucaristía es don de Dios. Nosotros sólo recibimos y agradecemos.

Nuestra vocación también es gratuidad, regalo de su misericordia, misterio sacramental, inhabitación, shekiná. Al menos yo no alcanzo a comprender por qué la recibí y no alcanzaré jamás a agradecer todo lo que he recibido. 

Es uno el que preside esta misa, pero todos participamos, presbíteros o no, como pueblo sacerdotal que ha recibido una unción bautismal común. Sin esa unción común que un día recibimos no hubiéramos podido recibir la unción ministerial.

La pastoral vocacional también es coordinada por uno, pero sólo funciona el día en que todos convoquemos abiertamente. No uno, ni dos, sino todos. Cuando todos aprovechamos la primera oportunidad que se nos presenta para invitar a alguien a este modo de vida… así como un día nos invitaron a nosotros. 

En la Eucaristía hay que escuchar. Dabar, la Palabra, es presencia del Señor en nuestra celebración. Es Palabra que nos orienta, nos confronta, nos hace entrar en crisis, nos rompe esquemas, como hoy, nos sana, nos ilumina el camino… en fin, nos crea. Sólo hay que escuchar, porque escuchar es el único mandamiento para el Pueblo de Dios, de Ys-ra-el, el Pueblo de los hombres (y mujeres) que escuchan a Dios.

La Pastoral Vocacional es principalmente escucha. Puede haber orientaciones, consejos, motivaciones… pero, principalmente escucha. Porque no hay más acompañamiento que una atención plena a una historia de vida. Esa historia por donde Dios ha pasado. 

La Eucaristía es fiesta, es gozo, es alegría. Con mucho respeto o sin mucho respeto a las mínimas rúbricas, la presencia del Señor en la comunidad reunida, en la Palabra, en el Pan y en el Vino, no pueden dejar de ser motivo de la perfecta dicha que inunda el corazón.

La pastoral vocacional también es un encuentro lleno de risas, de cantos, de juegos.  

La Eucaristía no podría ser más lúdica. Realmente jugamos con objetos simbólicos, con gestos simbólicos, con cantos, con colores, con aromas, con espacios, etc. Así actualizamos los símbolos de Jesús y disparamos nuestra fantasía como niños. La fantasía es condición indispensable para la imaginación prospectiva, para la esperanza, para apuntar desde aquí a nuestro gran ideal común que es el banquete eterno. Aquel banquete en donde nadie queda excluido, porque Jesús comparte su mesa con los más pobres, con los más pecadores, con los que no tienen lugar, con los que no tienen nombre, con los que no le hacen falta a los que ostentan el poder.

La Pastoral vocacional también va llena de juegos, porque sólo al jugar nos conocemos como realmente somos. Y está llena de alegría porque un religioso triste sería sólo un triste religioso. Sal insípida… ¿para qué? Que nos tiren por el camino si perdemos la capacidad de sonreír. Que nos tiren por el camino si nuestro testimonio no despierta la inquietud de seguir a Jesús. Si no devolviéramos la alegría a los tristes. 

La Eucaristía es fracción del Pan. Y sólo hasta que vieron cómo partía el Pan, lo reconocieron, y entendieron entonces porqué les ardía el corazón mientras caminaban a su lado por el camino. No en balde, en el Evangelio de la Eucaristía, el Hijo de Dios se manifiesta por primera vez recostado en un pesebre, en un lugar para colocar alimentos. El Hijo de Dios viene como alimento.

Un lugar privilegiado para hacer pastoral vocacional es el comedor de la comunidad. Ahí donde los hermanos se reúnen para compartir su pan y se  muestran como miembros de una misma familia, sin necesidad de presunción pedante de títulos, de apariencias,  ni de cargos administrativos, sino con la propia vida y la propia identidad de quien vive feliz simplemente por ser quien es. 

La Eucaristía es Universal. No sólo estamos presentes los que estamos aquí, físicamente, sino que hacemos un acto de unión total con todos nuestros hermanos que en algún lugar pronuncian el nombre de Jesús, aún sin conocer su nombre. En las preces, en la partícula, en el envío final…

La Pastoral Vocacional es acompañamiento personal, pero no al grado de inflar tanto a la persona individual que se olvide de los que están más allá de estas cuatro paredes. Es un envío a entregarse por entero a los más pequeños, a los más pobres, a los nuevos pobres, que no están tan cerca, y por eso la gran necesidad de salir a su encuentro con todas las desinstalaciones que esto implica. Se trata de amar al prójimo, no el que ya está próximo, sino aquél que está muy lejos y hay que aproximarnos. 

La Eucaristía es tan eficaz como simbólica y tan simbólica como eficaz. Los resultados de tal eficacia a veces pueden percibirse, pero a veces no son visibles.

El trabajo de la Pastoral Vocacional a veces da resultados visibles, palpables y contables. A veces no. Y si un año no entra ninguno al prenoviciado… que no entre ninguno. Volvemos a convocar con insistencia y nos preguntamos nuevamente por nuestro propio testimonio.

La Eucaristía es fuente y cumbre de nuestra fe. De ahí parte todo y, finalmente,  ahí confluyen todos los caminos.

El llamado vocacional está al inicio de la evangelización que se programa en nuestras obras, porque, históricamente, todas estas obras comenzaron como iniciativa de alguien que vivía muy conscientemente una opción vocacional.

También es cumbre, porque una obra que realmente evangeliza culmina en una opción de vida al modo de Jesús, en cualquier ámbito. Pero, necesariamente, la vida de quien egresa de las Escuelas Pías será una vida de generosidad, servicio, entrega y amor. De lo contrario, tal obra no es evangelizadora, aunque el proyecto esté escrito, aprobado y exitosamente evaluado. 

La Eucaristía tiene su parte penitencial: purificación, reparación, perdón.

El acompañamiento vocacional no es una penitencia que cargar, pero sí confronta con mucha fuerza, rompe esquemas, destroza mitos y no deja lugar a esos hirientes silencios de la sumisión mediocre. Acompañar el discernimiento vocacional de un joven enfrenta necesariamente al perdón, a la asimilación de las experiencias vividas, a la reconciliación con la propia historia. 

La Eucaristía tiene su ofertorio.

Y aquí, en este altar, presentamos el trabajo de la pastoral vocacional: los viajes cansados, las dificultades que se deben vencer, los estorbos que se tienen que retirar del camino, la decepción causada por descubrir que alguien ha mentido… pero también la dicha plena de poder ser testigo del nacimiento de alguna vocación religiosa noble y verdadera.

Es entonces cuando puede proclamarse, sin miedo, que ese ridículo mito de que “los jóvenes de hoy son incapaces de comprometerse” fue solamente un rumor. 

Le pedí al almendro: hermano, háblame de Dios.

Y el almendro floreció.

Niko Kasantsakis.